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COLUMNA DE
17 DE ABRIL 2018 | 10:19

Autoengaño; el síndrome que afecta a PPK y a varios directivos

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Aún está fresca en nuestra memoria la frase con la que PPK hizo oficial su renuncia en su último mensaje a la nación como presidente: “Frente a esta difícil situación que se ha generado, y que me hace injustamente aparecer como culpable de actos en los que no he participado, pienso que lo mejor para el país es que yo renuncie a la Presidencia de la República”. Tanto sus aliados como sus rivales políticos, así como sus simpatizantes y detractores han coincidido en que su mensaje no tuvo un ápice de autocrítica, a pesar de que el hombre cometió una serie de errores y actos contra la ética y la moral como ministro de estado y como presidente.

¿Qué puede haber ocurrido en la mente del principal directivo de la nación para no reconocer sus errores, victimizarse y culpabilizar a otros de sus desaciertos? Investigando este fenómeno a través de varias fuentes consideramos que PPK ha sido víctima del síndrome del Autoengaño.

La palabra autoengaño hace referencia a las acciones relacionadas con mentirse a uno mismo. El autoengaño se da en aquellas situaciones en las que nos convencemos a nosotros mismos de una realidad que es falsa, pero lo hacemos de manera inconsciente. La diferencia entre mentira y autoengaño se encuentra en que, en la mentira, la persona es consciente de que no está diciendo la verdad, mientras que en el autoengaño se acepta como verdad una realidad que es falsa sin ser consciente de ello. Nadie se halla libre del autoengaño ya que es una estrategia mental que permite esquivar la realidad refugiándose en una inconsciencia más o menos deliberada. Se recurre al autoengaño para evitar asumir las consecuencias de los propios actos al no ver ciertos aspectos personales o del entorno que resultan desagradables, al fingir y ocultar lo que se siente o al justificarse para salir airoso de una situación. Pero ¿cómo es posible engañarse a uno mismo? Según Francisco J. Rubia, catedrático de Medicina e investigador en neurociencia, el propio cerebro nos engaña. La misión principal de este órgano es garantizar la supervivencia del organismo, y para tal fin elabora pero también deforma la información que recibe de los sentidos. El autoengaño es una práctica común y peligrosa porque nos reconforta con la construcción de escenarios ficticios que hace que eludamos los problemas cuando surgen, esto hace que paguemos facturas muy caras por vivir en la mentira.

En ocasiones, cuando el ser humano recurre al autoengaño, lo hace por desprecio hacia las opiniones de los demás que no coinciden con el diagnostico emitido, así el autoengaño se convierte en un mecanismo de defensa de aquel que no sabe cómo abordar la realidad cuando sus recursos no le alcanzan y no puede impedir lo inevitable, que no es otra cosa que la existencia de un escenario, opinión o situación que la persona no sabe cómo abordar. Esto sirve para ocultar y enmascarar esa dura realidad que el individuo no quiere que otros contemplen.

Es común en las organizaciones que se persiga y sancione a quien es diferente en sus expresiones, al que no se alinea con lo establecido ya que cuestiona la uniformidad que es una de las características principales del común de las organizaciones. El miedo es y será una de las herramientas que más ha funcionado dentro de las organizaciones públicas y privadas, lo cual ha producido una perdida importantísima de aportes y contribuciones, ya que ha habido y habrá muchas veces personas que pudiendo  hacerlo no lo harán. (Recuerden la fábula del Rey Desnudo de Hans Christian Andersen, en que toda la corte y casi todo el pueblo le seguían la cuerda al Rey). La obsolescencia directiva es la enfermedad que más muertes y estados comatosos provoca en las organizaciones hoy en día, generando una terrible incapacidad de cambiar como consecuencia del síndrome del autoengaño.

La lucha diaria por la supervivencia en las organizaciones ha hecho que el corto plazo sea en lo que se concentran la mayoría de los esfuerzos, para lo cual se exige seguir unos patrones de comportamiento establecidos que a la larga suponen la muerte por parálisis del directivo y su organización. Peter Senge en su libro El baile del Cambio lo expone de forma contundente, para Senge el miedo y ansiedad matan todas aquellas conductas que conducen a un liderazgo de transformación, como por ejemplo; la creatividad, la innovación, la iniciativa, etc.  

El autoengaño es también una forma de inteligencia, pues cuando realizamos dicha acción lo hacemos como mecanismo de defensa que nos tranquiliza y nos permite creer que no sucede nada, con ello reducimos la incertidumbre a la vez que nos brinda una ilusoria sensación de control. Pero al mismo tiempo genera disfunciones como; la incapacidad para reconocer errores, establecer objetivos poco realistas, la necesidad de parecer perfecto, etc. La gente que observa estos comportamientos, lo nota y sufre sus consecuencias, un ejemplo típico de dicha situación es, cuando se dice: “a ese se le ha subido el cargo a la cabeza” o “no hay quien le pueda decir nada” o “está más inflado que un pavo real”. Hay un desorden narcisista de la personalidad en cuya causa existe ese síndrome de autoengaño. Los directivos con el síndrome del autoengaño parecen poner más empeño en parecer que en ser, esto conduce a que se acaben creyendo sus manifestaciones, magnificando sus logros y capacidades de tanto repetirlos, alejándolos de la realidad. Según la experiencia propia y ajena, aquellos que exageran con desmesura sus logros pasados y futuros que luego no llegan, son los más proclives al autoengaño.

Una forma de evitar el síndrome del autoengaño es practicar la autoevaluación diaria, la evaluación 360 periódica, eludir a los “chupamedias” y solicitar retroalimentación, sin embargo es necesaria la renovación periódica en los puestos de responsabilidad, ya que el acomodo genera pleitesía y servilismo y esto no es bueno para analizar y tomar decisiones que afectan a las organizaciones en un mundo tan cambiante.

Si desea más información sobre este tema escríbanos a: servicioalcliente@goldenage.pe.

Sandro Barreto Reyes

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