Durante décadas, el Fenómeno de El Niño fue percibido como un evento extraordinario, un golpe inesperado de la naturaleza que desbordaba la capacidad de respuesta del Estado y de los agricultores. Sin embargo, los últimos veinte años han demostrado que este fenómeno es cada vez más recurrente, con impactos profundos en la agricultura peruana. La pregunta ya no es si habrá un nuevo Niño, sino cómo nos preparamos para convivir con él.
El Niño de 1997-1998 marcó un hito por su devastación: inundaciones en la costa norte, pérdidas masivas de cultivos y un golpe económico que tardó años en superarse. Dos décadas después, el Niño costero de 2017 volvió a mostrar la fragilidad de la infraestructura agrícola y de riego, afectando tanto a pequeños productores como a la dinámica de la agroexportación. Más recientemente, el Niño costero 2023-2024 y el actual episodio que se prolongará hasta noviembre de 2026 confirman que este fenómeno ha dejado de ser excepcional.
La recurrencia tiene un efecto acumulativo: erosiona la confianza de los agricultores, incrementa la vulnerabilidad de las familias rurales y genera volatilidad en los mercados de alimentos. La agricultura peruana, que combina cultivos de subsistencia con productos de exportación de alto valor, se encuentra atrapada entre inundaciones en la costa y sequías en la sierra, de acuerdo al fenómeno climático que se presente.
En perspectiva, se puede decir que El Niño no golpea a todos por igual: i) en la costa norte, cultivos como arroz, maíz y frutales sufren pérdidas por exceso de agua, mientras que la infraestructura de riego colapsa; ii) en la sierra, la paradoja es la sequía: mientras la costa se inunda, los cultivos de papa y quinua enfrentan déficit hídrico; iii) en la agroexportación, productos como mango, arándano y palta ven afectada su calidad y productividad, lo que repercute en su acceso a los mercados internacionales; iv) la ganadería también se resiente: la humedad favorece enfermedades animales en la costa, mientras que la falta de pastos en la sierra reduce la capacidad de alimentación.
En general, se puede decir que a pesar de que la respuesta institucional ha mejorado, la lógica sigue siendo reactiva: se actúa cuando el desastre ya está en curso. La prevención y la adaptación aún son débiles, especialmente en el nivel local (territorios específicos).
En este escenario, el gran desafío de la política agrícola peruana es compatibilizar el mantenimiento y la promoción de la agroexportación en un escenario de crisis climática y a su vez fortalecer la resiliencia de los pequeños productores en los territorios más vulnerables. Mientras las empresas exportadoras tienen más capacidad de adaptación, los agricultores familiares siguen expuestos y con escaso acceso a tecnología, financiamiento y asistencia técnica.
Si El Niño es recurrente, la estrategia debe ser integral y de largo plazo, y en ese contexto se pueden mencionar tres ejes para una intervención a escala: i) Adaptación productiva (Diversificar cultivos y promover variedades resistentes a sequías e inundaciones; Impulsar tecnologías de riego eficiente y prácticas de conservación de suelos; Fomentar la agricultura climáticamente inteligente, que combine rotación de cultivos, agroforestería y manejo integrado de plagas); ii) Institucionalidad sólida (Fortalecer la extensión agrícola con enfoque en gestión de riesgos climáticos; Consolidar sistemas de alerta temprana que lleguen efectivamente al agricultor; Expandir el acceso a seguros agrarios y créditos flexibles para la recuperación post-evento); iii) Gobernanza participativa (Reforzar la organización comunitaria en juntas de riego y cooperativas; Implementar políticas de compras públicas que sostengan ingresos de productores más vulnerables afectados; Invertir en educación y capacitación en adaptación climática para agricultores y técnicos).
El Niño, pese a sus efectos devastadores, también es una oportunidad para repensar la política agraria peruana. Nos obliga a reconocer que la agricultura no puede seguir dependiendo de la “normalidad climática” y que la resiliencia debe ser el nuevo eje rector. Esto implica integrar la ciencia climática con la política pública, y diseñar modelos de gobernanza agrícola que sean inclusivos, transparentes y participativos.
El Niño ya no es un visitante ocasional: es parte del ciclo agrícola peruano. Ignorarlo como excepción sería un error estratégico. La agricultura peruana necesita una transformación estructural que combine innovación tecnológica, institucionalidad sólida y participación comunitaria. Solo así podremos pasar de la vulnerabilidad a la resiliencia, y asegurar que la producción de alimentos y la vida rural no sigan siendo las principales víctimas de un fenómeno que, lejos de desaparecer, se ha instalado como parte de nuestra realidad.