Historias del Agronauta: ¡Agua pa’ mi chacra! (parte 1)
Desde tiempos inmemoriales — cuando el agro se entendía en la chacra y no en discursos— el agua ha sido el insumo más crítico para la producción agrícola. Nada nuevo ahí. Lo nuevo (y lo preocupante) es que, en los últimos veinte años, en el Perú, el tema hídrico se ha ido enredando como manguera vieja: cambio climático, sobreexplotación de acuíferos, cerros pelados que ya no “cosechan” agua en época de avenida y, como cereza del pastel, le he añadido un sistema que clasifica el agua en categorías que se generan cuando uno deja el expediente y se moja los pies en el río.
Antes, una breve aclaración técnica —porque sin contexto uno termina hablando cualquier cosa—: en el Perú, los derechos de agua los otorga la Autoridad Nacional del Agua (ANA), luego de evaluaciones realizadas por las AAA a nivel de cuenca y las ALA a nivel local. Existen dos tipos de derechos:
los permisos de agua, que se solicitan año a año según la disponibilidad hídrica de la temporada; y las licencias de agua, pensadas para cultivos perennes, que se otorgan a perpetuidad siempre que se pague y se siembre lo prometido.
Ambos derechos son regulados “privadamente” por las Juntas de Riego y administrados por las Comisiones de Regantes, conformadas por los propios agricultores. Hasta ahí, todo parece razonable.
El problema empieza cuando uno baja del papel al río.
Porque, más allá de las aguas subterráneas, que serán materia de una próxima historia, en el agro peruano el agua se puede clasificar —sin exagerar— en las siguientes categorías:
El agua legal, pero no real.
Es esa agua que ha sido ungida como existente por el ANA, pero que por una larga lista de razones nunca llega. En muchos casos, el derecho fue otorgado sobre la base de estudios de balance hídrico que “en teoría” cerraban, pero que en la práctica no resisten una temporada seca. Otras veces el problema es más terrenal: aguas arriba hay un tomero creativo que redistribuye el recurso según amistades, favores o incentivos no declarados. Y sí, en algunos casos, la corrupción hace que el agua exista solo en el expediente.
El agua real, que a su vez se divide en dos subcategorías:
Hagan el ejercicio: sumen todos los caudales con derechos otorgados en un río, midan el caudal anual real y luego miren cuánto llega al mar. Las matemáticas no cuadran. Nunca.
En una próxima Historia del Agronauta, les hablaré de una categoría aún más fascinante: el agua imaginaria. Y de paso, del periplo burocrático —y la paciencia casi zen— que se necesita para obtener una licencia de agua pa’ una chacra en el Perú, incluso cuando las justificaciones técnicas, ecológicas y económicas sobran.
Con la fe intacta en el agro (aunque a veces cueste), un abrazo, Agronautas.