Hay algo profundamente absurdo en la agricultura peruana, Agronautas: creemos que dependemos del sol, del agua y del suelo… pero basta que alguien estornude en Medio Oriente para que el agricultor de Barranca tenga que rehacer su presupuesto. Cada vez que el mundo se pone nervioso —una guerra en el Golfo, un bloqueo en el estrecho de Ormuz o un portaaviones navegando demasiado cerca de Irán— el precio del petróleo sube, y, sin que nadie lo anuncie por cadena nacional, la agricultura peruana empieza a pagar la cuenta.
La agricultura moderna se sigue vendiendo como una actividad romántica: sol, tierra fértil, campesinos madrugadores y alguna foto bonita para la memoria anual. La realidad es menos poética. La agricultura del siglo XXI funciona con diésel, fertilizantes, plástico, electricidad y crédito. Es decir, con petróleo y con estabilidad económica. Y cuando una de esas dos cosas se mueve, todo el sistema empieza a crujir.
El Daño Colateral: La Chacra
El primer impacto aparece donde todos lo ven: el combustible. Cuando sube el diésel, sube el costo de transportar insumos hacia el campo y sube el costo de llevar la producción hacia los mercados o hacia los puertos de exportación. En un país largo, con infraestructura logística irregular y una geografía que nunca fue particularmente amable con los camioneros, cualquier aumento en el combustible se multiplica rápidamente a lo largo de toda la cadena agrícola. Pero el combustible es solo la primera ficha del dominó.
Después aparecen los costos energéticos que sostienen la cadena de frío, las plantas de empaque, los sistemas de bombeo y la refrigeración que permite que una uva o un arándano lleguen intactos al otro lado del mundo. Luego aparecen los derivados del petróleo que casi nadie menciona cuando habla de agricultura: bandejas plásticas, bolsas de empaque, cintas de riego, geomembranas de los reservorios, mangueras de goteo, las tuberías de PVC.
Está claro: La agricultura moderna está llena de petróleo disfrazado de plástico.
Y finalmente aparece el golpe más sensible para muchos cultivos: los fertilizantes.
Entre ellos, la urea sigue siendo uno de los insumos más importantes para cultivos que sostienen buena parte de la seguridad alimentaria del país: papa, maíz, arroz o caña. Cuando el precio de la energía global se agita, los fertilizantes suelen reaccionar con una velocidad sorprendente. Ya lo vimos hace pocos años cuando la crisis energética mundial disparó los precios del nitrógeno. Si el conflicto en el Medio Oriente, al que indirectamente nos han llevado EEUU e Israel, continúa o escala, no sería extraño ver una historia parecida.
En ese momento el agricultor peruano vuelve a recordar algo que debimos haber resuelto hace décadas: dependemos de un mercado internacional que no controlamos y de una política energética nacional que nunca terminó de definirse. Porque si hay algo que esta coyuntura vuelve a poner sobre la mesa es nuestra fragilidad energética.
Mientras muchos países con reservas de gas natural desarrollaron industrias petroquímicas capaces de producir fertilizantes, el Perú decidió postergar esa conversación durante más de veinte años. El gas de Camisea pudo haber sido el punto de partida para una industria nacional de urea que redujera la vulnerabilidad del agro frente a shocks internacionales. Pero ni el gobierno parece tener ese tema en su radar ni el operador del gas parece particularmente interesado en compartir la molécula con una planta petroquímica en San Juan de Marcona. El resultado es que seguimos dependiendo de barcos que llegan desde lugares muy lejanos para producir algo tan básico como el nitrógeno que necesitan nuestros cultivos.
Una curiosa estrategia para un país que insiste en llamarse potencia agrícola.
Guerra Interna en la Política y Silenciosa en los Mercados
Como si eso fuera poco, el calendario político tampoco ayuda a tranquilizar a nadie. En el Perú las elecciones funcionan como una especie de pausa nerviosa para el capital: muchos inversionistas simplemente esperarán a ver quién de los 36 se sienta en Palacio antes de tomar decisiones.
Lo sé por experiencia propia. A inicios de 2021 nos tocó liderar un roadshow internacional para levantar una Serie de inversión de USD 15 millones para una empresa de agronegocios cuyos activos estratégicos estaban, en buena parte, en el Perú. Era justo después de la extravagancia fiscal del bono BETA del gobierno de transición de un ignorante del desarrollo agrario como Sagasti y en pleno ambiente político enrarecido. Visitamos inversionistas, hicimos Power Points, recorrimos el circuito habitual de fondos especializados con un Excel potente. No levantamos ni el polvo. Cuando Pedro Castillo terminó sentado en Palacio de Gobierno, el poco entusiasmo que quedaba desapareció por completo y así lo hizo también la empresa con 850 empleados formales.
El capital puede convivir con el riesgo. Lo que no tolera es la incertidumbre crónica.
Mientras tanto, la naturaleza también quiere participar en la conversación. El ya familiar El Niño costero vuelve a asomarse en el horizonte con su repertorio habitual de lluvias intensas, anomalías térmicas y sorpresas climáticas capaces de alterar calendarios agrícolas y reducir rendimientos. En un sector donde la productividad depende tanto del clima como de la agronomía, esas variaciones pueden sentirse durante varias campañas.
Y todo esto ocurre mientras el aparato público agrícola parece navegar en piloto automático. El MIDAGRI se ha convertido en una especie de carrusel institucional donde los ministros entran, los viceministros ascienden, los secretarios generales aparecen ahora como ministros y uno empieza a sospechar que si la rotación continúa a este ritmo en cualquier momento le tocará dirigir el sector al portero del edificio. La ausencia de estrategia sería cómica si no fuera tan preocupante.
Mientras tanto, los motores del agroexportador siguen funcionando en los top 5. Uvas, paltas, arándanos, café y cacao han sostenido buena parte del dinamismo agrícola del país durante la última década. La pregunta es cuánto tiempo se mantendrán favorables esos mercados en un contexto global cada vez más incierto. La demanda por alimentos saludables sigue creciendo, pero también lo hace la competencia. Veo avanzando a Marruecos, México, Sudáfrica, Colombia posicionándose cada vez más en varios de los mismos mercados liderados por el Perú.
En otras palabras, la fiesta exportadora podría continuar… pero ya no está garantizado que siempre tengamos la mejor mesa. La agricultura peruana ha demostrado una resiliencia notable durante las últimas décadas. Ha sobrevivido a crisis políticas, shocks climáticos, pandemias y volatilidades internacionales. Pero esa resiliencia no debería confundirse con invulnerabilidad.
Estrategia: Con Pies de Plomo, pero Vamos con Todo
Cuando el petróleo, la política, el clima y los mercados empiezan a moverse al mismo tiempo, el sistema entero entra en modo turbulencia. Para quienes gestionan agronegocios, el mensaje es relativamente simple: este probablemente no será un año para improvisar. Será necesario revisar costos energéticos, diversificar proveedores de insumos, proteger márgenes logísticos, anticipar escenarios de volatilidad y, sobre todo, tomar decisiones antes de que el mercado obligue a tomarlas.
Porque en el agro peruano siempre hemos sabido convivir con el riesgo climático. Lo que recién estamos aprendiendo es a convivir con algo mucho más impredecible: el mundo. Y cuando el mundo se pone nervioso, el agricultor peruano hace lo que ha hecho siempre. No claudica, Agronautas. Mira el cielo, revisa sus números… y vuelve a sembrar.
Con la fe intacta en el agro (a pesar de este caos), un abrazo, Agronautas
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