COLUMNA DE:
Tony Salas

Tony Salas

MS, MBA, PhD - Consultor internacional en agronegocios, innovación y sostenibilidad, con más de 500 proyectos en agroindustria, energía renovable e inversiones de impacto en más de 30 países. Ha asesorado transacciones en agro por cerca de USD 1,000 millones. Conduce el podcast “El Agronauta”. Fundador y Presidente de ACM Consulting.
02 abril 2026 | 11:04 am Por: Tony Salas

Historias del Agronauta: El Niño no llega… vuelve

Historias del Agronauta: El Niño no llega… vuelve

Hay fenómenos que uno espera y otros inesperados. Y hay otros que, aunque anunciados, nos agarran igual de mal parados. El Niño pertenece a esta categoría. Porque no es sorpresa. Es costumbre. Y aun así, cada vez que asoma, actuamos como si fuera la primera vez que llueve.

Crónica de un Niño anunciado

Entre octubre de 2026 y marzo de 2027, todo apunta a que podríamos enfrentar un nuevo episodio de El Niño. Tal vez no un “súper”, tal vez sí. Pero como las predicciones no son lo mío, eso es lo de menos.

Lo que sí sabemos —y esta vez con modelos en la mano— es que los sistemas de monitoreo ENSO vienen mostrando una probabilidad creciente (por encima del 60%) de transición hacia condiciones cálidas, con anomalías de temperatura superficial del mar (SST) en el Pacífico ecuatorial que podrían ubicarse en el rango de +1.0°C a +2.0°C hacia finales de 2026.

Pero hay algo más fino —y más preocupante— debajo de la superficie. Los reportes recientes destacan la presencia de ondas Kelvin cálidas propagándose desde el Pacífico occidental hacia Sudamérica, acumulando calor en la subsuperficie oceánica. Este “combustible térmico” es, históricamente, el preludio de eventos más intensos, como los de 1982–83 o 1997–98.

Y acá viene el matiz importante que solemos ignorar: no todo Niño es igual. Podemos tener un El Niño global (ENSO clásico)… o un Niño Costero, donde el calentamiento se concentra frente a Perú y Ecuador. Este último, aunque más localizado, puede ser igual de destructivo para nosotros.

En fin, nada que no hayamos visto antes. Nada que no sepamos interpretar. Y sin embargo, aquí estamos otra vez, buscando excusas y cruzando los dedos como si la agricultura funcionara con fe y no con planificación.

Efectos en el agro, en todos los frentes

Cuando hablamos de El Niño, solemos pensar en lluvias, huaicos y carreteras colapsadas. Pero el primer impacto —el más silencioso— ocurre dentro de la planta. Durante ese periodo habrá más humedad ambiental (menos presión de vapor), menor amplitud térmica (menos diferencia entre temperaturas día-noche) y suelos con mayor saturación hídrica, especialmente en la costa norte, donde en eventos intensos las precipitaciones pueden superar varias veces los promedios históricos mensuales en cuestión de días.

La fisiología vegetal cambia. Y tenemos que estar preparados para actuar. Porque los cultivos dejan de transpirar como deberían, el metabolismo se desacelera y las plantas pueden empezar a fotorespirar, la absorción de nutrientes se vuelve errática y los patógenos —siempre oportunistas— encuentran el escenario perfecto.

En nuestros top 5 cultivos habrá que ponerse las pilas con formulaciones de bioestimulantes y controladores de estrés. En nuestra costa, para los top 3 habrá racimos blandos, problemas de firmeza de fruta, mayor presión de hongos y pérdida de calidad exportable, especialmente bajo condiciones persistentes de alta humedad relativa. También tendremos que cambiar nuestras formulaciones nutritivas y nuestro abastecimiento hídrico: la combinación de lluvias intensas y suelos saturados incrementa riesgos de anoxia radicular y lixiviación de nutrientes.

En la selva, nuestros top 2 tendrán harta presión fitosanitaria. En café y cacao, incremento de enfermedades como roya y monilia, en un contexto donde los eventos Niño tienden a prolongar condiciones húmedas y alterar los ciclos fenológicos, afectando floración, cuajado y cosecha.

Y mientras tanto, en la otra cara del país —la menos glamorosa— los cultivos de la canasta básica sufrirán en silencio: papa, maíz, arroz, hortalizas. Ahí habrá que buscar los seguros agrarios entre el barro y debajo de las piedras y hacer malabares en nuestras carreteras para llegar a los mercados.

Pero lo verdaderamente incómodo no es el daño. Es que ya debemos haber aprendido a reducirlo.

El mal negocio de no aprender

Todo esto no es nuevo. Sabemos que en años Niño hay que regar distinto, fertilizar distinto, podar distinto. Sabemos que el manejo agronómico debe adaptarse a condiciones de exceso hídrico y menor estrés térmico (de mínimas).

Sabemos.

Y me imagino que ese conocimiento vive en reportes —cada vez más precisos— que incluso hoy nos hablan de mayor probabilidad de eventos extremos en un océano que sigue acumulando calor año tras año.

Entonces me pregunto: ¿Dónde están los programas masivos de capacitación? ¿Dónde están las universidades enseñando manejo en años Niño como parte del currículo básico? ¿Dónde está la extensión agrícola funcionando como sistema y no como anécdota?

El Niño dejó de ser un evento esporádico. Es una variable estructural del sistema productivo peruano. Y sus efectos pueden arrastrarse más de una campaña.

Luego viene la parte visible. La que sale en televisión: canales colapsados, ríos desbordados, carreteras mojadas, campos inundados, drenes que no drenan. Y el clásico titular: “Fenómeno inesperado causa pérdidas millonarias”.

Inesperado.

A estas alturas, decir eso es casi un acto de poesía. Porque aquí ya no estamos hablando de clima. Estamos hablando de infraestructura: ¿Dónde están las defensas ribereñas? ¿En qué estado están los canales? ¿Cuánto se ha invertido en drenaje, en prevención, en mantenimiento? El agricultor, por su lado, hace lo que puede. Se adapta, improvisa, resiste. Pero el sistema —ese que debería protegerlo— llega tarde, llega mal o llega nunca.

Y entonces aparece la narrativa cómoda: fue un desastre natural. No. Fue un desastre planificado por omisión. Años de inversiones postergadas, décadas de mala planificación, una mezcla peligrosa de desidia, burocracia e inoperancia. Y sí, también una cierta falta de amor por lo propio.

Hay algo perverso en todo esto. Porque me imagino que cada Niño deja lecciones, genera informes, promete cambios. Y cada Niño, eventualmente, vuelve… a encontrarnos igual. Porque en el fondo, hemos normalizado la pérdida. La incorporamos al modelo. La justificamos con el clima. Y así, el riesgo deja de ser una variable a gestionar y se convierte en una excusa.

Lo que debería pasar (pero probablemente no pasará)

Un país serio haría tres cosas, mínimo:

Primero, convertir el manejo agronómico en años Niño en política pública: capacitación masiva, protocolos claros, transferencia tecnológica real.

Segundo, ejecutar un programa agresivo de infraestructura resiliente: canales, drenajes, defensas, mantenimiento continuo. No inauguraciones, mantenimiento.

Tercero, integrar información climática en la toma de decisiones productivas. No como curiosidad académica, sino como herramienta diaria.

A estas alturas, está claro que El Niño no es un enemigo impredecible, que es un visitante frecuente al que conocemos demasiado bien como para seguir sorprendiéndonos. Es por eso que la pregunta no es si vendrá. La pregunta es si, esta vez, haremos algo distinto. Porque tenemos datos históricos y modelos estudiados. Si no trabajamos en esto, no será culpa del mar caliente, ni de las lluvias intensas, ni de la mala suerte. Será, simplemente, porque decidimos —otra vez— no aprender.

Y en agricultura, como en la vida, mis queridos Agronautas, hay errores que no los corrige el clima. Se corrigen con conocimiento, voluntad y perseverancia.

Con la fe intacta en el agro (y abiertos a aprender de cada desastre), un abrazo, Agronautas

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