Durante más de dos décadas el Perú ha debatido intensamente sobre descentralización, inversión pública, infraestructura y reducción de brechas sociales. Hemos transferido competencias, creado gobiernos regionales, construido carreteras, hospitales, escuelas y sistemas de riego, y ejecutado mal y bien miles de proyectos de inversión pública. Todo ello ha sido necesario y ha contribuido a mejorar en algo las condiciones para el desarrollo. Sin embargo, hoy el país enfrenta una pregunta distinta, quizá la más importante para las próximas décadas: ¿qué economía queremos construir en cada una de nuestras regiones?
La pregunta parece sencilla, pero cambia completamente la forma de entender el desarrollo territorial. Hasta ahora hemos concentrado gran parte de nuestros esfuerzos en administrar regiones. El desafío que viene consiste en construir economías regionales.
El contexto mundial hace que esta tarea sea más urgente que nunca. Los mercados demandan cada vez más alimentos saludables, productos orgánicos, bienes con identidad territorial, sostenibilidad, trazabilidad y calidad diferenciada. Al mismo tiempo, el Perú posee una ventaja extraordinaria: es uno de los países más megadiversos del planeta. Costa, sierra y selva no representan únicamente geografías distintas; constituyen ecosistemas económicos diferentes, con recursos, culturas, conocimientos y oportunidades capaces de generar productos únicos para el mercado nacional e internacional.
Sin embargo, esa enorme riqueza todavía no logra traducirse plenamente en prosperidad para los territorios. Muchas regiones producen materias primas, pero importan buena parte de los bienes que consumen diariamente. Regiones ganaderas adquieren quesos elaborados fuera de su territorio; regiones agrícolas abastecen sus mercados con alimentos procesados provenientes de otras ciudades; regiones con importantes recursos forestales compran muebles fabricados lejos de los bosques que ellas mismas producen. El intercambio comercial entre regiones es natural y deseable. El problema aparece cuando esas compras revelan oportunidades económicas que pudieron desarrollarse localmente y nunca llegaron a convertirse en empresas, empleo o innovación.
Quizá el mayor vacío de nuestra descentralización haya sido precisamente ese. Aprendimos a descentralizar funciones y presupuestos, pero todavía no hemos dado el siguiente paso: descentralizar la capacidad de crear riqueza. En otras palabras, necesitamos pasar de una descentralización esencialmente administrativa a una verdadera descentralización económica.
Ese cambio comienza con una pregunta que hoy pocas regiones pueden responder con claridad: ¿cuál es nuestro proyecto económico? No basta con disponer de un Plan de Desarrollo Concertado, un presupuesto institucional o una cartera de proyectos. Una región necesita una visión compartida sobre la economía que desea construir durante los próximos veinte años: qué mercados quiere atender, qué productos aspira a posicionar, qué empresas desea impulsar, qué talento necesita formar y qué patrimonio económico quiere dejar a las siguientes generaciones.
Para responder esas preguntas resulta indispensable conocer mucho mejor la propia economía regional. Así como una empresa analiza permanentemente sus compras, sus ventas y sus oportunidades de negocio, una región también debería conocer con precisión qué produce, qué transforma, qué adquiere de otros territorios y dónde existen oportunidades reales para generar mayor valor agregado. Una Balanza Comercial Regional permitiría visualizar con claridad esos flujos y descubrir actividades y mercados que hoy representan oportunidades desaprovechadas para la inversión, el emprendimiento y la innovación.
Pero conocer las oportunidades constituye apenas el punto de partida. El desarrollo económico no ocurre por generación espontánea. Ocurre cuando un territorio organiza inteligentemente sus cadenas productivas alrededor de corredores económicos capaces de conectar producción, transformación y mercados. Una carretera reduce tiempos de viaje; un corredor económico organiza una economía. Alrededor de él se articulan productores, empresas, universidades, centros tecnológicos, servicios logísticos, financiamiento e innovación. Allí nacen las cadenas de valor, se consolidan los clústeres y se generan las condiciones para competir con productos diferenciados y no únicamente por menores costos.
Ese proceso requiere también nuevos instrumentos de política pública. Los actuales mecanismos de financiamiento regional resultan insuficientes para impulsar transformaciones de gran escala. El país necesita debatir la creación de Fondos Regionales de Inversión con capacidad para movilizar capital suficiente hacia ecosistemas económicos completos y no solo hacia proyectos aislados. Financiar una economía regional significa apoyar la innovación, la transformación productiva, la certificación, la infraestructura económica, el desarrollo de marcas territoriales y el acceso a nuevos mercados. En un país megadiverso, donde gran parte de la ventaja competitiva reside en productos diferenciados y de alto valor, el financiamiento debe convertirse en un instrumento para transformar oportunidades en empresas, empleo y riqueza.
Esta nueva etapa también exige una evolución de los propios gobiernos regionales. Si la misión cambia, las instituciones deben cambiar con ella. Los gobiernos regionales ya no pueden ser evaluados únicamente por la ejecución de obras o del presupuesto. Deben convertirse en los articuladores de la transformación económica del territorio, capaces de convocar a empresarios, universidades, productores, gobiernos locales y sociedad civil alrededor de un proyecto económico compartido. Ello supone reconceptualizar su papel, reorganizar parte de su estructura y alinear progresivamente el presupuesto con una estrategia de desarrollo económico de largo plazo.
El futuro del Perú no se construirá solo desde Lima; se construirá también desde sus regiones, cuando cada territorio descubra la economía que quiere ser y tenga la decisión colectiva de hacerla realidad. Se construirá allí donde una región sea capaz de transformar sus recursos en productos diferenciados, sus corredores en mercados, sus cadenas productivas en empresas competitivas y su identidad en una fuente legítima de orgullo, innovación y prosperidad.
Dentro de veinte años, las nuevas generaciones difícilmente recordarán cuántos proyectos ejecutó una gestión regional. Recordarán, en cambio, si fuimos capaces de construir una economía que les permitiera emprender, innovar y prosperar sin abandonar la tierra donde nacieron. Quizá ese sea el verdadero desafío del Perú que viene: que cada región deje de administrar únicamente su territorio y comience a construir conscientemente su propio patrimonio económico.
Foto: La República